martes, 30 de marzo de 2010

Luces

-Ay Aníbal, si supieras lo triste que me pone saber de todo tu dolor. Te juro, trato de escudriñar en tus razones, de pensar el mundo como un enorme agujero negro donde Dios deposita su mierda. Pensar en la ciudad como la tapadera de la moral y la fábrica de la infelicidad. Te juro que lo intento, pero no me sale.
-Tu problema Martina es que simplificas todo. Para vos hay blanco o negro. Donde vos decís que yo veo la cagadera de Dios -aunque en realidad yo niegue a Dios, niegue la idea de una fuerza mágica que nos precede y formatea- vos ves el resultado de la lucha entre el bien y el mal. Ángeles y demonios. Moralidad e inmoralidad. Industria y vagabundeo, así simplificas las cosas Martina. Se te pierde el mundo, se te pierde de vista la vida misma. Sos ciega linda, aunque esos terribles ojos oscuros digan que tu mirada petrifica a las piedras, son ojos que no ven. Es algo que hay que corregir.
Y sin darle tiempo de reacción a Martina, Aníbal saco su sevillana y abanicándola frente a los ojos de Martina hizo estallas sus globos oculares. Los ojos negros dieron lugar a un mar de lágrimas de sangre y los gritos de dolor de la mujer.
-Así es Martina, este dolor que desgarra, esta oscuridad que te regalo, es más luminosa que toda tu vida.

lunes, 29 de marzo de 2010

Los restos de nuestros dias

Me dijeron con tono demandante

y con una bronca que salía desde las entrañas:

te odio,

todo es tu culpa,

lo que necesito es paz y tranquilidad.

Y aquí estoy yo,

solo nuevamente,

desgarrado y mirando expuesto

el producto de la tranquilidad

que no me contiene.

Me dijiste paz

y contemple el cementerio

deseando no encontrar los restos

de nuestros días.

domingo, 28 de marzo de 2010

Aquel lugar encantador

Lupe palpo las venas y con los dientes apretados ajusto el cinturón al brazo. La fría punta de la aguja se metió bajo la dermis y encontró la vena. Un poquitin de sangre ingreso en la jeringa. Lupe comenzó a inyectarse de a poco, esa bendita ampolla de morfina. Su cuerpo se desvaneció de repente. Su mente era un galope apocalíptico. Su estado certera mezcla de lucidez y alegría.
Karina lo miraba con bronca. Ella también quería probar y Lupe se lo negaba. –Dale se buenito, si me das te dejo probar mis tetas, le decía Karina a Lupe mientras éste la rechazaba con el brazo.
Un viejo barco atascado.
El 4 y el 6 en la partida de dados.
Una margarita roja haciendo de sol y luna.
La oreja de Van Gogh hablando a los girasoles.
Almejas a la provenzal.
La concha abierta de Karina devorando pequeños e interminables penes.
Un borracho enamorado.
La disolución del tiempo y del espacio.
La proscripción de las formas. Pura esencia.
El big ban.
De repente sintió un baño de baba en su pija. Karina trabajando sobre ella, su enorme culo al techo. Lupe ni deseaba, ni se resistía, contemplaba aquel intento carnal de atesorar un espíritu, un haz de luz, un instante de nada.
Lupe la separo con cariño y le dijo. –Esta bien hermosa. Te voy a dar un poco.
Saco la jeringa de insulina de su envoltorio. Coloco la aguja y la cargo directamente desde la ampolla abierta. Golpeteo la jeringa para sacar las burbujitas de aire, un chorrín al cielo. Tanteo los brazos de Karina y luego de ajustarle el cinto al brazo le hizo el pico. Los ojos de Karina se desorbitaron y el cuerpo se tenso de golpe endureciendo sus negros pezones.
Lupe y Karina se besaron dulcemente. Como en una despedida a las puertas del infierno. Aquel lugar encantador.

Fritanga

Mira Miguelito, te lo dije una y mil veces, no me trates mal. Pero vos no escuchas. Te pensas que soy una puta maricona, una concha parlanchina que solo sabe romper las pelotas. Así con esa soberbia que te caracteriza, primero me desprecias y después me basureas hasta hacerme estallar en llantos. Ahí me decís, mira te ves patético llorando, y después me pegas duro y me pones boca abajo y me la metes toda dura por el culo. Y cuando ya nada tiene arreglo te pensas que chupándome un poquito la pija vas a calmarme. Estas completamente equivocado y te lo advertí. No me maltrates. Pero claro. El no quizo escucharme. Se pensaba que me iba a tener loquito con su verga encantadora. No mi amor. No me alcanza. Necesito amor, entendelo, amor. Y como sos incapaz de darme amor decime ¿para que sirve tu verga? Y te contesto, Miguelito, para comerla toda y hacerte mío para siempre.
Miguel estaba amordazado a una viga sobre la pared y maniatado. Sus piernas y pies atados a la pata de una fuerte silla. El pene y los huevos de Miguel colgaban al borde de la silla. Marcelo los acaricio y de golpe, con una enorme tijera de costurera corto el escroto y los huevos de Miguel saltaron sobre la sabana puesta a modo de alfombra en el piso, Miguel se desmayo del dolor y su cuerpo convulsionaba sobre un enorme charco de sangre. De un segundo tijeretazo Marcelo corto la pija de raíz. Recogió los huevos y los coloco en un envase de plástico junto al pene. Marcelo se dijo a si mismo. Que pena, las historias lindas tienen final trágico. Ya aprendiste Miguel a no enfurecerme jamás.
Marcelo se dirigió a la pileta. Lavo los huevos y la carne del pene, la sazono, la baño con limón y la coloco a freír a fuego fuerte con ajo en manteca y aceite de oliva. El dulce olor de la carne quemada le abría el apetito.

sábado, 27 de marzo de 2010

Callate yegua

Ramiro apuntaba el cañón de su Glock sobre la cabeza de Pedro.
Pedro estaba desnudo en la orilla de la cama y le susurraba bajito a Ramiro- quedate tranquilo hermano, no hagas locuras.
Desde la cama completamente desnuda y paralizada por el miedo Catalina solo atinaba a decir –para mi amor, no significa nada. Por favor cálmate.
Ramiro no escuchaba. Tenia su Glock sobre la frente de Pedro y todos sus nervios se concentraban tensos desde el brazo al dedo. Una frialdad contrastante con la oscuridad y el calor del ambiente se desprendía de sus ojos. Ramiro gatillo la Glock y un seco ruido metálico, un clac sonoro, desato los gritos histéricos de Catalina y provoco que Pedro se meara.
Catalina se abalanzo como loca obligando a Ramiro a apuntarla.
–Quieta puta.
-Pero Ramiro como me llamas así, por favor reacciona.
-Tenes razón yegua. Y Ramiro fríamente le disparo un tiro al medio del pecho. Por la fuerza y cercanía del impacto, desde el pie al centro de la cama, el cuerpo de Catalina golpeo con violencia contra la pared, deslizándose lentamente hasta las almohadas mientras chorros de sangre regaban todas las sabanas y un hilo bajaba las blancas tetas de Catalina y la abundante pelambre de su concha.
Pedro se largo a llorar. A lo que Ramiro respondió con un culatazo en la cabeza.
–¿Así que lloras por esa puta?. Ahora cojetela sino queres que te vuele ya mismo los sesos.
-Cómo? Balbuceo Pedro.
-Que te la cojas, mierda. Y puso el frío caño de la Glock entre los ojos de Pedro.
Pedro se levanto temblequeante y se acerco al cuerpo inerte de Catalina.
–Chupale la concha, ordeno Ramiro. Y Pedro se arrastro hacia allí abajo y le empezó a lamer la concha aún empapada de sangre, flujo y semen. Lagrimas densas de sangre surcaban las mejillas de Pedro mientras su pija empezaba a pararse.
-Bien veo que hasta muertita te gusta ponérsela a esta perra. Métesela.
Y Pedro atrajo el cuerpo de Catalina hacia el y se la puso y empezó a bombear despacio y suave y cada vez más fuerte, y, encastrado en tripas y sangre, cada vez más violento lanzando gemidos de macho en celo. Acabo. Saco su miembro aún duro de adentro de Catalina, se dio vuelta, miro con ternura a los ojos de Ramiro y le dijo –Te amo.
-Yo también dijo Ramiro. Pero la próxima vez que te tomes toda la merca con una puta, te vuelo las pelotas. Y con la punta de su lengua, limpio la verga de Pedro manchada de sangre y semen.

viernes, 26 de marzo de 2010

Una aurora

Una aurora
-blanca cocaína-
con las tetas chorreantes
de deseo.
maldición,
va a ser un día hermoso.

Lluvia y tren.

Un martes lluvioso bajo la estación de tren. Digamos San Martín. Las gotas ametrallan las chapas del andén. Poca gente, es un horario vacío, sin gente corriendo por entrar o salir del trabajo. Lupe esta un poco mareado por el porro. Respira hondo el aire de la tormenta fresca. Acaba de leer La condición humana de Andre Malraux.
Es la esposa del líder comunista, confesando su engaño.
El dolor del líder comunista ante el amor y la inevitabilidad de la derrota.
Es el opiómano llorando la historia.
El jugador siguiendo su instinto.
Es el terrorista jugando a ser Dios.
Es el kuomintang venciendo.
Son los comunistas ardiendo como leña en las locomotoras.
Es la sombra terrible de Stalin cuidando su pellejo.
Llega el tren. Lupe piensa. Tiene razón el amigo Langella. La poesía es lluvia, tren y amores porque sí. Además de un gato negro.