viernes, 6 de marzo de 2009

Lagrimas como gusanos en las mejillas


Duke Ellington. Flamingooo. Sudo a mares. En el colectivo 76 una bonita chica rubia llama mi atención. Cuando me doy cuenta la noto nerviosa y hablando desesperadadamente por celular, como si se le fuera la vida en aquella llamada. Llora. Parece una pelea de amores o desamores. Miro por la ventanilla, una construcción de estilo de principios del siglo XX. Es un hospital. Imagino que allí lloraran los niños recien nacidos, los enfermos que mueren, los familiares de los muertos. Lagrimas saladas que como gusanos se deslizan por las mejillas. El amor y la muerte a veces se asemejan. Muchas veces se asemejan. La agonia. El sudor tambien es salado. Siento como si estuviera perdiendo algo de vida. Que se entienda bien, no siento morirme, sino estar perdiendo algo de vida. Jirones de mi cuerpo, de mi salud y de mi animo desprendiendose, como pequeñas garrapatas que desgarran la piel y chupan la sangre del cuerpo a la que estan aferradas. Y no es el sentimiento filosofico de estar dejando algo de vida a cambio de la pulsión que se realiza. No es la experiencia dionisiaca que agoniza dejando su estela en la conciencia del ser. No, para nada. Ni siquiera el fantasma de la muerte. La muerte no tiene fantasma. La muerte es fin. Los fantasmas viven en la conciencia de los vivos. Lo muerto se agusana, hermana el cuerpo con materia organica, se disuelve en el olvido, a menos que sea uno un cadaver exiquisito o una estela vital que clama revancha en la experiencia humana. A los cadaveres exiquisitos los momifican. Observen sino a Lenin. Un ateo incurable que lucho por que la la vida y la libertad gobiernen los destinos humanos -emancipandose del yugo limitante del miedo a la muerte- que fue transformado en momia y dogma para orpimir la conciencia de los vivos. O el Che Guevara que de combatiente en vida contra la sociedad de la mercancia, trastoco su final como objeto de consumo. La muerte ahi, los cadaveres exiquisitos, son un final, aunque sobre ellos se erijan catedrales, estados, escuelas de arte y negocios.
Pero yo sentia eso, desgarro, desgajamiento, perdida de vida. Dolor en los huesos, diarreas, desanimo. Agoniza, siempre agoniza, diria Lorca. Y la noche era hermosa, con una luna plena de luz y el sabor salado del sudor y el recuerdo repentino de los llantos. Y las risas, sabrosas y musicales, mientras calmo la sed con una fria cerveza. Me desvanezco de a poco. Disuelvo mis suspiros en el aire. Y nuevamente Duke Ellington. Satin Dolls. Ritmo. La ciudad tiene ritmo. Mecanico, industrioso, cooperativo. Pero no puedo dejar de percibir este no lugar del presente. Ni muero, ni gozo la experiencia vital, ni sufro. Solo siento desvanecimiento, un lento e imperceptible goteo de vida, plop, plop, plop.

No hay comentarios: